De mi Costilla.




Aún puedo oler el barniz del mueble del salón y el perfume floral de mi madre, una fragancia que ella usaba para enmascarar el hedor a rancio que traía mi padre en los puños. Ella era el hogar; las otras eran el paisaje. Recuerdo estar sentado en la alfombra, registrando la arquitectura de la sumisión con la precisión de un heredero que estudia sus mapas. Mi padre no gritaba siempre; le bastaba con una mirada de propietario que evalúa una res defectuosa. Ese gesto, esa forma de apartarla con el dorso de la mano como quien aparta un trasto incómodo, fue mi primera comunión con la realidad: yo era el centro, el ungido. Dios no se equivocó al dictar que la mujer nacería de nuestra costilla; nos dio un apéndice, un tejido de segunda categoría diseñado para que el hombre no se aburriera en su paraíso. Adán estaba solo y el Creador, en un gesto de misericordia hacia el soberano, le fabricó un juguete de carne para entretener su soledad. Lo supe incluso antes de saber leer: ellas eran el alivio, y yo era la divinidad sedienta. 

La pubertad no llegó con poesía, sino con el resplandor azul de una pantalla bajo las sábanas. Allí, el currículo de mi naturaleza se hizo oficial. Consumía esas imágenes con la voracidad de un accionista: cuerpos anónimos, rostros desdibujados por la humillación, niñas que parecían muñecas rotas antes de ser estrenadas. Era evidente que esa violencia es el único lenguaje que ellas comprenden, que su resistencia es solo un protocolo biológico para aumentar el valor de la transacción. El sexo no es un intercambio; es una descarga de autoridad sobre un recipiente que, por el simple hecho de existir, ya me debe todo por el pecado original de ser Eva. Ellas trajeron la perdición al mundo, y su único propósito es pagar la deuda con su entrega absoluta al castigo. Es el orden natural de las cosas y así tiene que ser.

Cuando cruzo el umbral del prostíbulo, no entro como un pecador, sino como un cliente distinguido que acude a reclamar lo que por derecho de nacimiento le pertenece. Elijo a la mujer con la frialdad con la que se selecciona un corte de carne en el mostrador, escrutando la mercancía para detectar cualquier rastro de humanidad que deba ser aplastado. Una vez en la habitación, la penetro con una repulsión que me confirma, con un odio que sabe a victoria. Mi masculinidad se expande en la brutalidad de cada embestida. No soy un putero, eso lo son otros; yo soy un ser respetable que cumple con la función de apaciguar el fuego que ellas, con su mera presencia vulgar, han encendido en mis pantalones. Me obligan a hacerlo. Me provocan con esa existencia lasciva, y por lo tanto, tienen la obligación sagrada de ser mi vertedero. Mientras la uso, siento el triunfo de quien pone orden en el caos: mi placer es el precio de su suciedad, mi descarga es el tratamiento que su naturaleza reclama. 

Ahora, cuando camino por la ciudad, veo el entramado de la gestión humana. Paso por delante de esos clubes de luces mortecinas y huelo la pestilencia del negocio: el proxeneta, ese gestor de ganado que se cree emperador; y el hombre gris, idéntico a mí, que necesita comprar una hora de omnipotencia. Los veo y me reconozco. Somos la sociedad del silencio, los arquitectos de un burdel a cielo abierto donde cada esquina es un escaparate de la carne que Dios puso a nuestra disposición. 

A la mujer que duerme conmigo la amo, le ciño el cuello con una joya, un grillete. La amo con una vigilancia absoluta. Escudriño sus horarios, juzgo la ligereza de su falda, le exijo una pureza que yo mismo me encargo de ensuciar en mis ratos libres. En mi mente, ella es un trofeo que debe permanecer impoluto, mientras que todas las demás son solo "agujeros", conductos de piel por donde drena mi desprecio hacia lo vivo. No son prójimos, son provisiones. Una mujer que busca su propio goce es una anomalía, una pieza estropeada que debe ser sometida. El neoliberalismo me regaló el derecho de propiedad sobre la piel ajena, y yo, educado en la teología de la costilla, soy el consumidor final de almas. 

Sin embargo, hoy el sistema me ha devuelto un reflejo amargo. Mi mujer está embarazada. Espera una hija. Al saberlo, no he sentido ternura, sino una náusea seca, el vértigo de quien ve cómo su propiedad se devalúa antes de salir de fábrica. He mirado su vientre y solo he podido pensar en que estoy engendrando una nueva pieza de mercancía para el mercado que yo mismo alimento. Ella nacerá con la marca de la costilla, destinada a ser el alivio de tipos como yo, condenada a ser el objeto de ese desprecio viscoso que yo mismo perfeccioné. Siento un asco infinito, no por lo que he hecho, sino porque mi propia sangre va a ser devorada por la misma jauría a la que pertenezco. Pienso en ella y ya la veo tasada, fragmentada, disponible. Es mi hija, y sin embargo, no puedo evitar ver en ella solo otra futura cuenta de resultados en el gran prostíbulo que hemos construido. Qué desperdicio de herencia.

 

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