Autocomplacencia y azúcar: la dieta de las larvas
────୨ৎ──── El aire en la terminal 4 del aeropuerto de Madrid no era aire; era un almíbar invisible, denso y cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de Elena se erizara. A su lado, Carlos apretaba el asa del carrito del pequeño Vigo con los nudillos blancos. Ellos venían del extranjero, del norte europeo, pero no traían la cordura de allí. Sabían bien que el Norte padecía la misma dolencia: el mismo consumo voraz, el mismo azúcar barnizando la soledad. La diferencia no era geográfica, sino un acto motu proprio: ellos habían elegido despojarse del velo en un mundo que prefería vivir sedado. —Ya están aquí —susurró Leo, el hijo de ocho años, ajustándose la mochila. No miraba a los pasajeros, sino a las pantallas gigantes que escupían anuncios de turrones y juguetes. Leo no veía anuncios. Gracias a la higiene visual que Elena y Carlos habían cultivado, Leo veía a los Gula-Larvas. Eran pequeñas entidades translúcidas, similares a calamares de humo, qu...