La Felicidad




Los días más largos son los lluviosos, fríos y con viento, esos días en los que se me hielan los huesos y el corazón parece latirme cada vez más despacio, porque la energía y la vida se me desvanecen por los poros de la piel.


¡Puto invierno germano!


El día que llegué a este pueblo de Brezels, Currywurst y cerveza más templada que fría no llovía, había 27 grados y el sol brillaba en un cielo azul impecable. Era julio y me lo creí. Pero esos días son infrecuentes aquí, aquel día fue un embuste, una patraña.


Hace 19 años decidí venir a vivir a un pueblo encantado, como salido de un cuento de los hermanos Grimm en el que no me sorprendería encontrarme una casa hecha de galletas, chocolate y algodón de azúcar en medio de un bucólico bosque, pero donde las nubes tienen secuestrado al sol y con él la risa, la alegría, el buen rollo, la serotonina ¿Por qué? Por lo único por lo que se deben hacer estas cosas, por amor

Jajaja. ¡Qué va! 

El motivo exclusivo para vivir en un sitio que me hace tan infeliz con su gastronomía como con su clima; que me da tanta pereza su burocracia como su gente; y que ha convertido mi ánimo guasón y fiestero en un talante más bien agrio y con el que pocos quieren pasar la tarde es sin duda el dinero

Cuando vine, no hablaba ni una palabra de alemán, pero con el inglés aquí llegas bastante lejos. Hoy en día lo hablo bastante bien. Soy consciente de tener un acento irrisorio, pero la comunicación es eficaz.

Y aun no hablando teutón, hace dos décadas, con un título de ingeniera bajo el brazo, fui capaz de encontrar un piso para alquilar en dos días, una empresa que me quería contratar una semana después; y teniendo en cuenta el coste del primero, el ingreso del segundo y deduciendo los gastos típicos de comida y suministros me quedaba en el bolsillo más del triple que cuando vivía en Leganés. 

Pero fue a los tres meses cuando me percaté de que tenía una cuenta corriente feliz y... ya. No había nada más alegre en mí, se acabó el jolgorio. En octubre se hizo patente y me acostumbré a vivir en la aflicción y no sentir gozo ninguno. Desde entonces, me he conformado con mis visitas bianuales a las Islas Afortunadas  como método de recarga energética y emocional. Debo estar agradecida de vivir en Europa y contar con cerca de un mes de vacaciones. 

Desde que llegué, han cambiado muchas de mis circunstancias, empezando por el hecho de haber pasado de 30 a 49 años. Compré una casa con jardín que llené con cuatro maravillosos hijos, dos indiferentes gatos, un perro enamorado, un montón de plantas inanimadas y un hombre sexy que afortunadamente no es de por aquí; ya que no soportaría que todos los seres vivientes de la casa tuvieran carácter germano y creyeran que comer una salchicha y unas patatas fritas es una delicatessen. Debo añadir que cambié de empresa, avancé varios escalones y estudié mucho para entenderme con los cálidos conciudadanos, demasiado.

Y ahora, planificando cómo no enloquecer con la llegada de los 50, me doy cuenta de que se me ha llenado el vaso, no puedo contener ni una gota más de lluvia absurda, ni un copito más de nieve, ni una salchicha, ni un Oktoberfest. Esta semana de diciembre está siendo más desagradable de lo normal, o quizás sea por todo eso que tengo en el vaso, y nos ha hecho reflexionar como familia y doy gracias porque nos hayamos puesto de acuerdo en primera votación. Mis hijos, como buenos teutones amantes de las vacaciones en las costas españolas, mi marido vasco y yo acabamos de decidir que ya hemos disfrutado de estas tierras verdes y aguadas por suficiente tiempo.

Nos queda solo un mes para vaciar esta casa, soltar lastre para facilitar la transición y marcharnos sin mirar atrás.

La vida va a volver a empezar, preguntadme dentro de otros 19 años si también me he cansado de poder ir a la playa todo el año, de no pasar frío, de tratar con gente, en general, encantadora y de carácter afable y de ni siquiera poseer un abrigo.

Ya no volveremos a las Islas a repostar buen rollito.  Dentro de un mes, viviremos en El Paraíso. Nos mudamos. Me mudo a Canarias.

Y lo hago por amor. Amo mi felicidad y la de mi familia.

¡Vida!



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