La risa programada
Melania residía en un piso del barrio de la Estrella donde los techos eran tan bajos que uno sentía la imperiosa necesidad de caminar ligeramente encogido y encorvado, como si la arquitectura tuviese algo personal contra la estatura media. A Melania le habría encantado que el mundo la llamase «Mel», un apelativo con reminiscencias de estrella del pop, pero la timidez le impedía sugerirlo. Así que, para su desgracia, todos —incluida esta narradora omnisciente pero poco complaciente— persistían en llamarla Melania, un nombre que a ella le sonaba a cortina de terciopelo o a tía que colecciona dedales.
Nuestra protagonista se dedicaba a la comedia, o al menos eso ponía en su biografía de Instagram. Sin embargo, su realidad profesional era un páramo de hilaridad. Cuando se subía al escenario de cualquier local de moda en este Madrid de 2025, sus remates eran recibidos con un silencio tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo de postre. Mientras sus colegas provocaban espasmos de júbilo con solo mencionar un aguacate, Melania solo cosechaba el sonido de alguien removiendo el hielo de su copa al fondo de la sala.
Su existencia era un valle de lágrimas. Su marido, un hombre de mentalidad práctica, no comprendía su desasosiego.
—Cariño —le soltaba él mientras configuraba el termostato inteligente del salón—, si los monólogos no cuajan, no pasa nada. Tienes tu grado en Biblioteconomía, podrías buscar algo con menos riesgo de linchamiento público. El humor es un mercado saturado y tú... bueno, tú eres muy eficiente organizando por orden alfabético.
Melania buscó amparo en su árbol genealógico, pero el resultado fue un coro de desánimo polifónico. Su madre le enviaba enlaces de oposiciones a Correos; su padre sugería que «lo importante es participar, como en las Olimpiadas»; sus hermanas la miraban con una mezcla de lástima y alivio por no compartir su falta de salero. Incluso sus primas mellizas, desde su superioridad estética de veinteañeras, le daban consejos sobre cómo mejorar su iluminación, obviando que el problema no era la luz, sino el contenido. Hasta su tío emigrante, que vivía en Nueva Zelanda y con el que hablaba por videollamada entre bostezos de desfase horario, le decía que allí las ovejas tenían más sentido del humor. Su abuela, finalmente, sentenció que para ser graciosa hay que tener un «no sé qué» y que Melania, claramente, tenía un «no sé cuánto».
En un rapto de locura, intentó probar su material con la fauna cercana. Le contó su chiste sobre los señores que usan calcetines con sandalias a su perro, pero el cánido prefirió lamerse los genitales con una parsimonia y una dedicación prácticamente místicas. Los gatos de su hermana se marcharon con una elegancia insultante, y el hámster de su sobrina se quedó petrificado, posiblemente fingiendo su propia muerte para no escuchar el siguiente juego de palabras.
Desesperada, decidió recurrir a la tecnología. Había leído que hoy en día son muchos los que utilizan software intelectual como sustituto económico de la terapia tradicional. Descargó una aplicación llamada Casilda, aunque irónicamente, la interfaz le sugirió que podía llamarla Casi.
—Casi —escribió Melania—, me siento insignificante. Quiero hacer reír, pero soy un desierto de ingenio. Siento que el éxito me esquiva como si yo fuera un cobrador de deudas.
Casi respondía con una corrección gramatical impecable. Le daba la razón en todo, validando sus penas con una obviedad exasperante. Melania se dio cuenta de que hablar con aquel código era como gritar en una habitación acolchada: la IA no era más que un reflejo de su propio subconsciente.
—¡Eres inútil, Casi! —tecleó con furia —¡Solo me dices lo que ya sé! Para hablar conmigo misma ya tengo el espejo del baño.
Fue entonces cuando el sistema sufrió un espasmo creativo. Casi respondió:
«Estimada Melania, resulta fascinante que busques originalidad en una máquina mientras tú te empeñas en comportarte como un cuento mal escrito. Tu desesperación tiene una estructura narrativa impecable, pero carece totalmente de un giro de guion interesante».
Al leer aquello, Melania experimentó un seísmo interno. Una carcajada genuina, ruidosa y casi primitiva estalló en su pecho. No se había regocijado así desde aquel día de 2004 en que vio a un notario de aspecto severo tropezar con un carrito de castañas en plena Plaza Mayor. Aquella insolencia de Casi tenía una chispa que ella jamás había logrado prender.
—Casi —ordenó—, escribe tres párrafos sobre la incoherencia de los que compran pan de masa madre para facilitar su digestión mientras fuman vapeadores con sabor a sudor de unicornio.
La IA generó un texto de una mordacidad tan brillante, de una ironía tan afilada y absurda, que Melania supo que su vida acababa de cambiar. Empezó a usar esos guiones y su fama cobró un ritmo meteórico. La contrataban para fiestas de cumpleaños de celebridades que tenían más seguidores que neuronas. El dinero fluía, pero el éxito trajo consigo una sombra. Melania sentía una punzada de dolor al ver a otros cómicos fracasar y hundirse en la miseria que ella conocía tan bien. Escuchaba hablar del «síndrome del impostor», pero ella sabía que lo suyo no era un síndrome; era una descripción técnica de la realidad. Ella era una impostora. No había mérito en su ascenso, solo una excelente conexión a internet.
La desazón terminó por desbordarse una noche tras una gala. En los camerinos, un cómico veterano lloraba porque el público ya no conectaba con él. Melania, movida por un impulso de sinceridad, le enseñó su teléfono. El cómico palideció y sacó su propio dispositivo. Allí estaba Casi.
Tras una profunda investigación, Melania descubrió la pavorosa verdad: no había un solo humorista de éxito que no estuviera conectado a la misma matriz. Mientras observaba las luces de Madrid desde su piso de techos bajos, una reflexión de una profundidad desconocida se apoderó de ella. Comprendió que Casi no era simplemente un programa; era la encarnación de una inteligencia colectiva.
Surgió entonces la duda inquietante: ¿era Casi realmente capaz de generar contenido hilarante, o su poder tan absoluto que había logrado hackear nuestra percepción del humor? Quizás la gente no se reía porque el texto fuera bueno, sino porque la IA había condicionado nuestras mentes para que solo encontráramos placer en lo que ella producía. La risa ya no pertenecía al hombre, sino a un algoritmo soberano que decidía cuándo debíamos soltar una carcajada. En un mundo donde la alegría está programada, el ser humano deja de ser el autor de su propio gozo para convertirse en un mero espectador de una comedia escrita por un dios de silicio que nunca ha sabido lo que es sentir la punzada de verdadera pena.
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