Frente al abismo




El sol de enero en Madrid es una aguja de cristal que no calienta, solo deslumbra. Moussa contemplaba el patio del colegio con el escrutinio de quien observa un campo de batalla desde la última trinchera. Para él, los gritos de los otros niños no eran juegos, sino el fragor de una contienda por la supervivencia social. Senegal quedaba a miles de kilómetros y a una vida de distancia, un lugar de manglares y redes vacías que su padre, un pescador de Saint-Louis que veía cómo el mar ya no entregaba sustento, decidió abandonar para no ver a sus hijos marchitarse en la orilla de un mundo que se quedaba sin peces, sin futuro.

Llegaron en una travesía que Moussa solo recordaba como una negrura infinita de sal y miedo, apretujados en una madera que crujía bajo el peso de setenta almas. Sus padres estaban también vivos, milagrosamente, pero el precio de la supervivencia fue una servidumbre invisible: su padre ahora descargaba cajas de madrugada en Mercamadrid, con la espalda encorvada por un peso que no era suyo, y su madre limpiaba oficinas en torres de cristal que ella jamás podría habitar, borrando las huellas de otros mientras la suya propia parecía desvanecerse entre el olor a lejía y el silencio de los pasillos vacíos.

Moussa hablaba el castellano con una precisión académica, casi forzada, pero en la soledad de su cuarto ensayaba cada sílaba para purgar el rastro de su origen. Sin embargo, el estigma no estaba en su lengua, sino en su percepción. Al mirar a sus compañeros, se sentía un intruso en una función ajena que le venía grande. Se esforzaba tanto por pasar desapercibido que terminaba por ser el centro de todas las miradas incómodas, dándose cuenta con amargura de "que no sé cómo hacerlo peor". En su afán por ser perfecto, se volvía rígido; en su afán por ser invisible, se volvía una estatua de sal. "Me rindo ante tu abismo, soy el payaso de tus juegos", se repetía como un mantra de derrota. El abismo era esa brecha insalvable entre su realidad y la de aquellos que habían nacido con el derecho a no ser cuestionados.

Al llegar la hora del recreo, la dinámica de poder se volvía evidente: el colegio era un ecosistema de hostilidad generalizada donde los niños se atacaban entre sí por puro instinto de conservación. No era solo contra él; el objetivo variaba con una velocidad vertiginosa. Se burlaban del sobrepeso de uno, de las gafas de otra, de la ropa barata del de más allá. Era una guerra fratricida donde humillar al vecino era la única forma de no ser el siguiente humillado. Sin embargo, Moussa no podía evitar sentir que lo suyo era distinto, que su oscuridad era un blanco demasiado fácil y permanente. Al ver al grupo de los "populares" repartiendo justicia social a base de burlas, el corazón le latía con fuerza y pensaba: "¡So payaso!, me tiemblan los pies si te miro". No era miedo físico, era el terror de ser descubierto como alguien que no encajaba.

En medio de ese caos, sus ojos siempre buscaban a Lucía. Tenía una melena morena y rizada que vivía en un estado de perpetuo desorden, y unos ojos marrones, profundos y tristes. A menudo, ella se quedaba mirándolo, pero la parálisis de Moussa era absoluta. "Me puse tan nervioso que no me salió ni una palabra", recordaba con amargura cada vez que ella se acercaba y él huía hacia el silencio. Se sentía un figurante ridículo, un error en el guion del barrio. En su cabeza, le preguntaba a la vida, o quizás a ella o quizás a sí mismo: "Dime por qué te portas así".

Durante una carrera de relevos en la clase de Educación Física, ocurrió el incidente. Moussa corría con una velocidad eléctrica, pero un chico llamado Víctor, acosado por sus propias inseguridades, lanzó el dardo del racismo para ganar puntos ante el grupo. "¡Vuelve a tu patera, que aquí no sabes correr!", gritó. Moussa se tropezó, no por un fallo físico, sino por el peso súbito de su propia historia. El testigo de madera rodó por el cemento, y el silencio que siguió cortaba el aire.

Buscó los ojos de Lucía. Ella no sentía lástima; sus ojos marrones ardían de rabia contenida. Estaba roja, apretando los puños, pero la voz se le quedó atrapada en la garganta. Sintió una vergüenza atroz de sí misma por no haber gritado, por no haber sido el escudo de su compañero. A Lucía también la golpeaban las palabras; a ella la llamaban "bruja" o "desastrosa" por su pelo indomable y por esa timidez que los demás confundían con altivez. Ambos eran parias en un sistema que solo premiaba la crueldad de los que temían ser las próximas víctimas.

Moussa caminó hacia casa sintiendo que el asfalto le quemaba. Al llegar, el olor a especias y hogar lo envolvió. Su madre estaba allí, con las manos cansadas de fregar suelos ajenos pero con un gesto de infinita ternura al acariciarle la frente. Ella no necesitó explicaciones; conocía bien el sabor de la hiel en la expresión de los extraños. Vio a su padre sentado en el sofá, con sus manos agrietadas por el frío de las cámaras frigoríficas, pero con una dignidad intacta. Su madre le sirvió un plato de thiéboudienne mientras le hablaba en wolof, recordándole que su linaje no era de víctimas, sino de reyes de la arena y el mar.

Se refugió en su escritorio y abrió el cuaderno, buscando en los lápices de colores una salida al laberinto de su angustia. Comenzó a dibujar un patio de colegio transformado, donde la arquitectura gris se rendía ante una explosión de tonalidades imposibles. En su dibujo, los niños tenían la piel azul, verde, violeta o naranja. No había "diferentes" porque no existía una norma. En ese lienzo de papel, no había tropiezos por el peso de vidas pasadas ni testigos rodando en el asfalto. Al trazar esas líneas, sintió que su identidad dejaba de ser una carga.

En ese momento, una epifanía comenzó a tomar forma. Comprendió que el patio del colegio era solo un ensayo de la vida real. En el mundo siempre encontraría personas mediocres que necesitarían pisar a otros para no sentir su propio vacío. La mirada de su madre, serena y resiliente pese al cansancio, le dio la respuesta definitiva: la victoria no estaba en que dejaran de insultarlo, sino en que esos insultos no encontraran lugar donde echar raíces.

La guerra del colegio no era contra él, no era por su color ni su procedencia, era la guerra de los asustados. Lucía, con sus rizos despejados y su silencio cómplice, era una aliada en la sombra. Moussa se miró las manos y recordó que eran manos de navegantes, de supervivientes. Se miró al espejo del pasillo y, con un grito final y descarnado como cierre apoteósico de una obra maestra, soltó un "¡So payaso!" que retumbó en las paredes de la casa. Ya no era un insulto recibido, era una armadura aceptada. Iría adelante. No dejaría de ser quien era para encajar en un molde roto.

Mañana volvería al colegio. No sería el capitán, ni el niño más popular, pero caminaría con la cabeza alta. Sabía que el racismo y la envidia seguirían ahí, pero ya no se rendiría ante el abismo de nadie. Porque un payaso solo es ridículo si intenta ser alguien que no es; si acepta su propia verdad, se convierte en un gigante. Mañana, cuando viera a Lucía, ya no bajaría la vista. Le sonreiría, aceptando que ambos estaban despeinados y rotos, pero que ninguno de los dos estaba solo en la trinchera.


Este relato nace del eco de los versos de Robe Iniesta. Inspirado en la canción "So payaso", del álbum Agila (1996), una obra que nos recuerda que, a veces, rendirse ante el abismo es la única forma de encontrar el camino de vuelta.

 

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