Autocomplacencia y azúcar: la dieta de las larvas

 



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El aire en la terminal 4 del aeropuerto de Madrid no era aire; era un almíbar invisible, denso y cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de Elena se erizara. A su lado, Carlos apretaba el asa del carrito del pequeño Vigo con los nudillos blancos. Ellos venían del extranjero, del norte europeo, pero no traían la cordura de allí. Sabían bien que el Norte padecía la misma dolencia: el mismo consumo voraz, el mismo azúcar barnizando la soledad. La diferencia no era geográfica, sino un acto motu proprio: ellos habían elegido despojarse del velo en un mundo que prefería vivir sedado.

—Ya están aquí —susurró Leo, el hijo de ocho años, ajustándose la mochila. No miraba a los pasajeros, sino a las pantallas gigantes que escupían anuncios de turrones y juguetes.

Leo no veía anuncios. Gracias a la higiene visual que Elena y Carlos habían cultivado, Leo veía a los Gula-Larvas. Eran pequeñas entidades translúcidas, similares a calamares de humo, que se aferraban a los cuellos de las personas. Cada vez que alguien suspiraba deseando un objeto innecesario la larva se hinchaba, inyectando un destello de euforia artificial directamente en la carótida del huésped.

—Recordad el protocolo —dijo Elena en voz baja—. Agua, frutos secos, verdad absoluta. No dejéis que el estruendo os baje las defensas.

Río, de cuatro años, agarró la mano de su madre. Sabía que España, en estas fechas, era un festival de luces LED que vibraban en una frecuencia diseñada para anular el pensamiento crítico.

Llegaron a la cena de Nochebuena. La casa de la matriarca era el epicentro del parasitismo. El salón estaba asfixiado por una decoración que rozaba lo patológico: espumillones de un dorado sintético que parecían vibrar bajo las lámparas, figuras de ángeles con rostros de porcelana vacía y luces intermitentes que herían la retina con su parpadeo histérico. Había plástico por todas partes, disfrazado de fiesta pero revelando su naturaleza inerte en cada reflejo.

La mesa era un altar de degradación sensorial. Sobre un mantel rojo y verde de lino e hilos plateados, se amontonaban bandejas de embutidos sudorosos, cuyos bordes se rizaban bajo el calor de la calefacción. Había fuentes de fritos cuyos aceites brillaban con un matiz pesado, y cestas de pan de un blanco casi irreal, una pureza química que delataba una harina tan refinada que carecía de alma y de nutriente. Era un banquete de texturas blandas y sabores inmediatos, diseñado para no ser masticado, sino simplemente engullido.

En el centro, presidían los dulces. Montañas de turrones y mazapanes con formas y colores más estéticos que sinceros que prometían una satisfacción golosa que siempre se quedaba a medias, obligando a buscar el siguiente bocado. Para Elena, aquello no era comida; era un sistema de control químico, un sedante masivo diseñado para inducir una hipomanía colectiva que tapara cualquier posibilidad de silencio.

Los invitados, sus familiares cercanos, adultos y niños, encajaban en aquel escenario. Llevaban ropas de una ostentación rígida, tejidos que brillaban con un reflejo metálico y que parecían aprisionar sus cuerpos. Las joyas, pesadas y preciosas, colgaban de cuellos tensos, emitiendo un tintineo constante que se sumaba al estridente sonido ambiente. Eran disfraces de bienestar; maquillajes espesos que intentaban nivelar el color de la piel agotada bajo la luz artificial.

Elena observó el despliegue con una mezcla de náusea y tristeza racional. Era la paradoja última. Aquella noche, que en su origen celebraba el nacimiento de la austeridad en un pesebre, o el humilde retorno de la luz en el solsticio, se había convertido en un monumento a lo denso, a lo pesado, a lo material. No había rastro de la introspección ni de la paz que se le supone a una "noche buena". En su lugar, el mercado había canibalizado el espíritu, sustituyendo el recogimiento por la indigestión y la esperanza por el crédito bancario. Era una celebración del vacío, ejecutada con un bullicio tan ensordecedor que impedía cualquier conexión humana entre los que estaban sentados a la mesa. La familia, el supuesto motivo de la reunión, no era más que el público necesario para que el consumo se validara a sí mismo.

—No, gracias. Ya sabéis,  no toman azúcar —dijo Elena con una sonrisa tensa mientras una mano cargada de anillos le acercaba una bandeja de bombones brillantes y redondos a los niños.

Un silencio gélido recorrió la mesa. Las Larvas de los invitados, alimentadas por el alcohol y la glucosa, agitaron sus tentáculos de humo. En ese mundo, rechazar la degradación era un acto de traición.

Entonces ocurrió el fenómeno que Elena más temía: el despliegue de la Matriarca.

La dueña de la casa entró en la sala con una bandeja de asado que humeaba como un volcán. Tenía la cara encendida y el sudor le perlaba la frente. Dejó caer la fuente con un estruendo que exigía atención inmediata. Se quedó de pie, con las manos en jarra, esperando el tributo, adornada con unos pendientes que oscilaban como péndulos de una condena.

—Diez horas llevo hoy, más todo lo que he ido preparando esta semana —dijo ella, con una voz cargada de un martirio ensayado—. Diez horas de pie, no me he sentado en todo el día, ni para un café. Llevo toda la semana recluida, salvo para ir a comprar. He deshecho la carne a mano, he vigilado el horno minuto a minuto mientras vosotros estabais por ahí. Mis riñones ya no aguantan, pero claro, como es lo que se espera de mí... Si no lo hago yo...— clamó alternando con suspiros y quejidos.

Elena vio cómo la Larva de la matriarca se hinchaba y volvía casi opaca. No se alimentaba solo de comida y sobreconsumo, sino también de alabanzas o complacencia. Necesitaba que cada comensal verbalizara su gratitud, o más bien admiración, o quizás devoción, que cada bocado fuera un pago por su sacrificio autoinfligido. Era una transacción: ella entregaba comida copiosa sacrificando tiempo e integridad física; y ellos le entregaban su sumisión.

—Nadie te pidió que te agotaras así —dijo Carlos con una voz racional—. Siempre te decimos que con algo sencillo basta, solo queremos poder estar juntos de verdad. Has elegido el horno en lugar de la conversación.

La matriarca palideció y enrojeció de ira al mismo tiempo. Sus ojos reflejaron una furia antigua bajo sus pestañas postizas. Para ella, el esfuerzo físico extremo era el único lenguaje del afecto, pero también su arma de control definitiva. Al cocinar hasta el colapso, construía una jaula de obligación emocional. No era solo una cena; era un contrato a perpetuidad.

Con cada plato que servía, la matriarca depositaba una carga invisible sobre sus hijos: la obligación futura de cuidarla bajo sus propios términos, de seguir manteniendo el estilo de vida que ella consideraba correcto y de no cuestionar jamás sus dogmas. Era un "yo lo hice por vosotros" que funcionaba como un seguro contra cualquier intento de independencia. Su sistema —el ruido, la comida exuberante, la jerarquía incuestionable— era el legado que exigía ser adorado sin fisuras.

Elena sintió que sus fuerzas flaqueaban. El esfuerzo de filtrar los comentarios pasivo-agresivos y de vigilar que nadie metiera un caramelo en la boca de Río e incluso en un par de ocasiones del pequeño Vigo, que había cumplido su primer año hacia escasos días, la estaba agotando. —¿Quién le da un bombón borracho a un bebé? Sin preguntar. ¡No entiendo nada! —pensó, como si ese detalle fuera destacable entre los demás desencuentros con su familia en su estilo de vida y crianza. Sintió la tentación de gritar, de tratar a todos como autómatas. Sintió que se le caían encima sus propios valores.

Se levantó y fue a la cocina. El agua fría la ancló de nuevo. Habían decidido celebrar y ver a su familia, habían decidido que no era tal esfuerzo, sino un pequeño trabajo adicional, si no, se habrían quedado en casa. Entonces, entró Leo.

—Mamá, ¿por qué se obligan a estar mal para decir que están bien? —preguntó el niño.

—Porque han olvidado la importancia de celebrar la familia, celebrar la vida, Leo. Han cambiado la paz por el ruido porque la paz les obliga a mirarse por dentro, y lo que ven les asusta. La abuela necesita que le den las gracias porque es la única forma que tiene de sentirse importante y valorada.

Salieron de la cena antes de la medianoche. Mientras caminaban un par de manzanas, bajo el bombardeo de petardos que asustaban a los más pequeños, Elena miró hacia arriba buscando un vacío que la ciudad no permitía, una estrella capaz de atravesar la iluminación extrema, quizás, una estrella fugaz para pedir un deseo que nunca se cumpliría. Desde que nació Leo no dormían en la casa familiar, siempre buscaban algo sencillo en los alrededores y esto ya les había costado mucho ruido mental, chantajes emocionales e incluso económicos, con amenazas de retiro del testamento, cosa que no les afectaba en absoluto, más allá de que hubieran sido proporcionadas con gritos y lloros. Al llegar al apartamento donde se alojaban, los cinco hicieron su pequeño ritual. Apagaron todas las luces eléctricas. Encendieron una sola vela de cera de abeja, cuya llama pequeña y constante parecía tener más fuerza que todos los neones de la avenida. Se sentaron los cinco en el suelo, formando un círculo sobre la alfombra. Carlos sacó unas nueces y las repartieron en silencio, y después disfrutaron de lectura y charla ligera.

No hubo regalos mágicos. Hubo presencia. No hubo amor pesado que se mide en cajas. Hubo el amor ligero que se mide en tiempo. No hubo padres ausentes en mesas llenas. Hubo adultos conscientes en una alfombra vacía.

Para ellos, una celebración no debería ser una huida hacia el consumo, sino un retorno al centro. Aunque no eran religiosos, amaban la idea de detener el tiempo una vez al año para reconocerse en el otro. Para Elena y Carlos, el espíritu de esos días residía en abrazar su propia humanidad desde la austeridad; no por una falsa humildad de mártir, sino por pura higiene espiritual. Sabían que el ruido de lo material era una interferencia: cuantas más cosas se interponían entre dos personas, más difícil era que sus almas se tocaran. Al vaciar la mesa de excesos y las manos de paquetes, dejaban espacio para que lo único importante, su unión como familia, no quedase nublado por el brillo de lo efímero.

Además, celebraban el Solsticio con una alegría casi biológica. Esa noche era el punto de inflexión, el momento en que la oscuridad empezaba su lenta retirada. Amaban saber que, a partir del día siguiente, los rayos de sol empezarían a ganar segundos al reloj. Para una familia que vivía más cerca del polo norte que del ecuador, esa luz creciente era la verdadera bendición: una felicidad natural, gratuita y poderosa que no necesitaba envoltorios ni deudas bancarias para calentar el corazón.

—Mañana hay más planes, mamá —susurró Río, medio dormido sobre el hombro de Carlos.

—Mañana —dijo Elena, sintiendo el calor de la pequeña vela en su rostro—, diremos que no a la mitad. Y la otra mitad, la viviremos desde nuestra propia luz. Mañana celebraremos que el sol vuelve a nosotros, y que nosotros seguimos aquí, despiertos.

Elena cerró los ojos. El cansancio era inmenso, pero por fin, en el silencio de su propia burbuja, era un cansancio honesto. Habían sobrevivido a la noche más estridente del año protegiendo algo que el dinero no podía comprar: su propia paz. 

Antes de sucumbir al sueño recordó que mañana, para ellos:   

Tampoco habría mandato de ser felices, sino libertad de estar juntos. No habría intento de llenar vacíos con objetos, solo la plenitud de no necesitar nada más.  

No sentiremos la inercia de la masa, sentiremos la voluntad del individuo.


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