Me necesito viva
—¡No te necesito! —le dije mientras intentaba pegar un portazo imposible con una puerta acristalada y amortiguada que decidía cerrar con total suavidad.
No siempre fui una persona enfadada, ni sentí la necesidad de destruir mi relación con todos y cada uno de mis seres amados y sobre todo nunca, hasta aquel evento que me convirtió en un escupitajo incapaz de sentir amor, habría tratado mal de manera pseudoconsciente a la persona que más quería en todo el universo, el camarero y gerente del bar ubicado justo al lado de mi despacho. Sí, es cierto, también es mi marido, pero el primer café de la mañana me suele hacer más falta que su beso matutino.
Hace 8 meses, mi vida cambió de forma abrupta, eran las 5 de la tarde de un día despejado de diciembre. Ya estaban instaladas las luces navideñas de Madrid y en el Parque del Oeste habían cargado excesivamente de bolas, luces y adornos varios un par de árboles con forma de abeto navideño.
Siempre me ha gustado que las cosas se usen para su propósito y que ese propósito esté directamente relacionado con el objeto en cuestión; y el hecho de que esos abetos navideños solo fueran árboles con forma ligeramente cónica, y con un podado forzado para tal objetivo me obligaba a prestarles mucha más atención de la necesaria.
Me quedé observando sus luces y su forma no correcta del todo mientras avanzaba corriendo hacia ellos. Aún tenía que correr tres kilómetros más, quería ser capaz de terminar la San Silvestre Vallekana sin mucho esfuerzo.
Dejé de mirar a los árboles disfrazados en cuanto los pasé; y mientras me dirigía al monumento a Simón Bolívar me di cuenta de que no había suficiente iluminación adicional, y de que el haber mirado directamente a esas luces de colores parpadeantes me había dejado temporalmente con ceguera nocturna. Intenté apretar mis ojos y abrirlos mucho, pero no funcionó. Busqué mi móvil para usarlo de linterna, sin éxito.
No recuerdo lo que ocurrió en los minutos siguientes, debí de estar inconsciente. Un vacío temporal. Sin memoria. Nada. Borrado.
Me volví a poner rápido los pantalones, limpié con la lengua unas gotas de sangre de mi labio y me sacudí el barro que tenía pegado a mi pelo en el lado derecho de mi cabeza y en el mismo lateral del pantalón de chándal beige.
—Tenía que haberme puesto el negro, estas manchas de sangre y barro no se van a quitar. — pensé.
Al llegar a casa, sin haber terminado los 10 km planificados, me di una ducha caliente que duró hasta que tuve los pies rojos e hinchados del calor del agua, de forma instintiva metí toda la ropa que llevaba en la lavadora junto con las toallas que había usado y lo puse a lavar con el doble de jabón de lo habitual y la máxima temperatura posible.
Cuando Jaime llegó a casa, y me preguntó por la herida del labio y el pómulo raspado le conté que me había resbalado al correr por el parque y asunto terminado.
Si hubiera sabido que mi corazón se iría pudriendo, que mi odio hacia mí misma y hacia los demás iría creciendo sin control y que aquello, fuera lo que fuese, que había pasado no desaparecería, sino que al no tener respuesta había creado un monstruo de ideas imaginativas y perversas en mi mente; entonces, habría ido directamente al hospital a pedir un kit de violación. Y habría pedido que viniera una agente de policía para denunciar. Y se lo habría contado a Jaime para tener un hombro en el que llorar y alguien en quien apoyarme para no derrumbarme, y que pudiera entender mi humor en esos momentos y aconsejarme ir a una psicóloga especializada.
Pero no lo hice. Nadie sabe que pasó, salvo algún desecho humano, o varios, y yo, que he pasado a ser un desecho también. Nadie sabe por qué no dejo que otras personas me toquen, ni me den dos besos, ni un abrazo, ni la mano, ni me rocen sutilmente el brazo para avisarme de que me toca pedir en el mercado sin dar un salto, sentir asco o incluso pegar un grito.
Mi alma se quedó mezclada con el barro ese día de diciembre y mi corazón empezó el proceso hacia la putrefacción.
Hoy, después de coger el café extra grande que Jaime me ha preparado, me ha preguntado si quería que habláramos un rato, que creía que estaba demasiado cansada del trabajo y que quizás nos podíamos coger el día siguiente para nosotros. ¿Cómo se le ocurre ser tan considerado?
La conversación ha tomado el curso que cabía esperar teniendo en cuenta mi yo actual y he terminado por decirle que se acabó y que no le necesito. Sin venir a cuento, de hecho, antes de llegar a la puerta del portal donde se encuentra el despacho de Arquitectos en el que trabajo desde hace más de 10 años, su mano me ha atrapado y un abrazo cálido del que me he intentado zafar me ha arropado. A los 5 segundos, he dejado de resistirme.
Después de medio minuto las lágrimas han salido, mis ojos quemaban, la mandíbula se me ha tensado. Y en un suspiro, sin darme cuenta, mi cuerpo se ha relajado, me he derrumbado y me he convertido en una niña de 5 años vulnerable que solo necesita toneladas de cariño (y terapia, pero eso vendrá luego) No he podido explicar nada, solo he absorbido la energía de ese achuchón incondicional y me he dejado cuidar por mi mejor amigo durante... No sé cuántos minutos, da lo mismo.
Este abrazo no ha solucionado mis problemas, sigo rota por dentro, mi alma está hecha polvo y posiblemente nunca volverá a su ser, pero al menos he sido capaz de volver a conectar con un ser humano y, aunque sea demasiado tarde, voy a intentar ponerme en pie y volver a mi vida.
Mi primer pensamiento ha sido VENGANZA, pero realmente veo complicado saber a quién aplicársela, ya veremos.
No quiero hacer spoiler, pero nada volverá a la normalidad con mi marido, ni siquiera sé si seguirá siéndolo, pero sí será un apoyo imprescindible en este momento que estoy atravesando. No sé con qué pegaré los pedacitos de mi ser, pero voy a buscar un método, voy a intentarlo.
Me necesito.
¡Quiero recuperar estar viva! ¡Quiero ser libre! ¡Quiero no haber sido violada!

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